Denis Rodríguez

¡Ese es mi esposo!

Un día bajo el cielo azul del Pueblo de su juventud, Lipe sintió gran asombro y un despertar de deseo de amar cuando vio pasar a Rita. Ella antes de casarse con Lipe, le confesó que sintió ese día lo mismo por él. En esa pareja sus cuerpos era un mundo de sensaciones.

Cuando se hablaban, sus oídos sentían la más melodiosa música, cuando se miraban percibían una comunicación que sólo los amantes más compenetrados podían entender, cuando se tocaban por sus cuerpos corrían vibraciones fantásticas, emanaba un olor suave, sublime, que los envolvía por largas y deliciosas horas.

Eran una pareja muy querida por todo el Pueblo. Eran solidarios, buenos amigos, excelentes luchadores por el bienestar social, educativo y cultural de su comunidad. Un día en el camino que transitaban esas almas surgió una sombra de odio que los separó a los dos, y desde ese instante, todo fue dolor y tristeza en Lipe y Rita. Nadie en el Pueblo supo el porque de esa separación.

Sostiene Peruchito, que cuando alguien que llegaba al Pueblo y preguntaba a Rita, por ese Señor, sentado de mirada triste, ella contestaba: -el Señor que está allí, es un muérgano, un desgraciado, un vergajo, un te…. Y seguía con más improperios, hasta que exclamaba de manera muy firme: ¡Ese es mi esposo!.

Paso mucho tiempo. Un día bajo el cielo azul del Pueblo de toda su vida, Lipe y Rita se miraron nuevamente con asombro, despertó en ello el deseo del amor, sus corazones comprendieron que sólo el amor es eterno, no lo amado, reinó en ellos nuevamente la felicidad. Como no hay nada que cure que no cura la felicidad, se les quitaron todos los achaques y dolencias.

Nuevamente, cuando se hablaban, sus oídos sentían la más melodiosa música, cuando se miraban percibían una comunicación que sólo los amantes más compenetrados podían entender, cuando se tocaban por sus cuerpos corrían vibraciones fantásticas, emanaba un olor suave, sublime, que los envolvía por largas y deliciosas horas.

Sostiene Peruchito: que Lipe y Rita vivieron hasta hace poco, que murieron abrazados a la misma hora. Su entierro fue una gran manifestación de duelo, donde concurrieron muchos jóvenes amantes, que él estuvo con su Camucha; y que es el único sepelio en el Pueblo que ha contado con cura, tras cura y monta cura, tres palitroques, un sequesereque y dos botafumeos.

Fundación José Joaquín Salazar Franco

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