Denis Rodríguez

Daniel Boone, su día de suerte

A PEDRO MATA Y CARMEN TERESA

Daniel, se levanto temprano y se dijo: hoy es mi día de suerte.

A media mañana, Daniel estaba escalando con agilidad felina los estantes de la bodega familiar hasta alcanzar un pote de avena la tuerta, donde se depositaba el sencillo de la venta diaria y sacó un fuerte. Cuando bajaba, tropezó los pies con un mango de azadón y cayó al suelo de cabeza y le salió un tuyuyo. Dio gracias a Dios, por caer de esa manera por que es más cabeza dura que otra cosa. Pensó en la novia fina que tenía en Los Andes, agarró un savoyano y se lo guardo en el bolsillo.

En pocos minutos estaba en Los Andes, entregándole con amor el savoyano a la novia. Esta, con un bocado en la boca le hablo pausadamente:

– Me gusta mucho los savoyanos que me traes, pero lo que no me gusta eres tú. Prefiero a Emil. Si lo vieras con la bata de laboratorio, se parece al Dr. Kildare. Se ve bellísimo.

Daniel pensó decir. – Qué bello va hacer ese te…., pero la voz de su conciencia lo detuvo. Reflexionó. – Kennedy no tiene la culpa, además él será feo, pero es una bellísima persona.

Encaró a la muchacha y con voz serena le dijo:

– Eso que me hiciste a mí, María Luisa, eso no se le hace a nadie.

Le dio la espalda y se fue caminando y pensando poéticamente, ” un amor que se va, cuando no se han ido ” y recordó rápidamente, que hoy era su día de suerte y el que esta mal en el amor, esta bien en el juego.

Cita importante: Todas las mujeres que dejaron sin razón alguna a los galanes Emil¸ Pedro Mata, Roberto y Eddy, no se casaron nunca y sus c..os se les avellanaron. Juan Largo. Fin de la cita.

Daniel se fue hacia la Vereda del Pozo de la Vieja, donde funcionaba un casino en la casa de Marta. Este estaba regentado por Jandito, secundado por Chuito, Tan y Chopo (haciendo de payaso). En ese casino, todo el que llegaba, salía perdiendo.

Hoy era el día de suerte de Daniel Boone.

Daniel manifestó su deseo de jugar lo que sea, carga la burra, ronda, truco o ajiley. Los regentes dieron el visto bueno, siempre y cuando depositara sus monedas en un peco lleno de maíz, y retirara un grano por el valor equivalente a centavo.

– Sabes Daniel, que por aquí vive Luis el Policía, y si nos encuentra jugando a plata, nos mete preso a todos, dijo Jandito, con voz muy solemne.

– Hay papaito, cayó un venaíto.- Dijo Chopo en voz baja y frotándose las manos.

Empezó la partida, en que participan los cuatro regentes y él. Desde un principio comenzó a ganar. En efecto era su día de suerte. Daniel ganaba todas las partidas. Solo un peo (quizás el meño) que tenía atravesado en el cuerpo le perturbaba un poco, pero no podía parar la partida ganando por que era de mal agüero.

Al poco rato, se levanto Chopo. No tenía más dinero. Se empeño por echarle bromas a Boone, para sacarlo de su concentración. Daniel seguía ganando.

Chopo también trató de mirarle las cartas a Daniel, para soplarte a sus socios, pero las cartas de Heraclio Fornier, made in Spain eran mínimas en las manos de él. Cansado de fracasar, Chopo se fue cantado:

– Tócame la bananita mi amor.

El segundo en levantarse de la mesa fue Tan, quien con una tranquilidad dijo:

– Perdí, pero no me pierdo unos chicharrones que me esperan en la casa.

Estas palabras hizo agua la boca a los quedaban jugando, pues ya era la hora en que mataron a Lola.

El tercero en quedar limpio fue Chuíto, quien alegremente dijo:

– Los buenos, algunas veces suelen perder. Luego le dirigió una mirada a Jandito y fue olímpicamente.

Quedaron solo jugando Jandito (duro de perder) y Daniel con su día de suerte. Jandito no contaba con la astucia de Chapulín criollo. Este se había dado cuenta que cuando Jandito giraba la mandíbula inferior un milímetro a la izquierda, era un fiao lo que le venia y él lo agarraba en la bajaíta.

Las partidas fueron dramáticas, olvídense del Poeta Ernesto Luis Rodríguez y su Rosalinda. Además emocionantes, patéticas, peleadas, pero estaba señalado que ese día ganaría Daniel Boone.

Al final, Jandito perdió, pero siempre con una actitud muy profesional. Sonriente, felicitó a Daniel. Le recomendó que cerrara la puerta cuando recogiera su dinero. Tenía conocimiento que había llegado al pueblo un petrolero, cual tenía una hija que le gustaba mucho. Que le perdonará esa, pero debía salir corriendo. Y en efecto salió como alma que lleva el diablo, pero feliz.

Daniel contempló el monto de granos de maíz que tenía antes sus ojos. Había como para sembrar dos tiras de tierra y obtener como cien fanegas. Pero lo más importante era que con un fuerte se había ganado como dos mil bolívares. Eso era un platar.

Esta gente ha estado facturando mucho últimamente. Dónde sacaría Chopo tanta plata. Con razón Julio Brusco lo noto muy cansado, estará matando muchos puercos en estos días. Los zapatos maqueros se han puesto de moda. Recordó el dinero. Hay mamaíta. Me compraré una bicicleta nueva. Hembrearé por toda Margarita, a lo mejor me llego hasta Puerto La Cruz  En ese momento se acordó el peo. Le dio lástima tirarlo. En esas tantas horas de juego, fue su único compañero de suerte.

Alcides, vecino de la casa de Marta, cuenta que escuchó un estruendo como un taro. Miguel que estaba durmiendo en un chinchoro despertó llorando, asustado. Tuvo que mecerlo y hasta cantarle para que cogiera nuevamente el sueño.

Daniel, fue acercándose lentamente al peco con maíz, donde estaba su tesoro. Era todo de él. Disfrutando de score, fue metiendo lentamente las manos en el peco. Acariciando los granos, llego al fondo, pero no toco ni un centavo, ni medio, ni bolívar, ni su fuerte. A lo mejor es puro billete lo que hay, pensó. Sacó las manos, se las llevó a la cabeza y sintió el tuyuyo. Metió las manos nuevamente al peco. Movió los dedos como aspas de lavadora hasta alcanzar la máxima velocidad. Sintió mucha rabia y constató nuevamente: no había nada. Se habían burlado de él. Bailó un chichichá encima del peco al ritmo de ladrones, estafadores, mal amigos, desgraciados. Lo hizo harina al igual que el maíz. Luego recordó el favor que le había pedido Jandito y bailó una charanga sobre la puerta al mismo ritmo.

Alcides, cuenta que escuchó el tropel, pero Miguel volvió a llorar. No pudo comprender lo que estaba pasando. Luego vio venir Daniel por el medio de la casa, esfavorecido, diciendo nunca más jugaría con esas personas. Hizo un gran esfuerzo para no ser atropellado por Daniel que caminaba con un toro bravo. Se encontraba aun convaleciente de un accidente ciclístico, que después con el tiempo lo llevó a la inmortalidad. Otra vez los gritos de Miguel. Sinceramente dice, no pudo saber con exactitud lo que pasó.

El día siguiente, Daniel era otra persona. Más amable, más estudioso, más colaborador con el trabajo que exigía mantener la bodega familiar. Desde ese día le empezó a gustar el mar, a cantar, la poesía, otras actividades espirituales y evitar los juegos de envite y azar.

Días después se encontró con la novia que lo había dejado, junto a Kennedy y los trató con cariño y respecto. La ex-novia quiso pagarle diez mil bolívares por todos los savoyanos que él le regaló de novio, pero lo rechazo de plano. Solo de dijo.

– Que sea feliz, aunque no sea a mi lado-.

La muchacha de Los Andes le cayó la cita de Juan Largo. Se le desprendió el goce, se le agotó la aguita y la carne se puso agria.

El eminente sabio Arsenio González, debe incluir una receta para curar este mal, en su libro Remedio Caseros. Se des – avellanaría muchos “cuerpos”. Y sería un exitazo.

Los regentes del garito, también se dieron cuenta del grave error que habían cometido con el amigo Boone. Le dada mucha pena verlo ó hablar con él. En cambio, cuando Daniel si se los conseguía en cualquier sitio lo trataba con afecto. Como si esa partida nunca hubiese ocurrido. Siguieron siendo para él, sus amigos. Ellos se prometieron defenderlo siempre.

El remordimiento que sentía los cuatros hizo que cerraran el casino. Se reunieron y fueron hablar con Daniel con el fin de darle unas explicaciones, pero éste serenamente comentó:

– Quién tuvo la culpa, no quiero saberlo -.

Los cuatros quedaron más desorientados. Se pusieron como penitencia de visitar la virgen de Papache, cuatro viernes consecutivos, de noche, vestidos de unos de chinigua y otros de sayona, para apaciguar su vergüenza. Estos disfraces le quedaban muy bien. Muchos dijeron haberlos vistos. Hasta se escribieron algunos estudios sobre chiniguas.

Nadie sabía que pasó aquella noche después de a partida de barajas. Daniel había sido un perdedor hasta más o menos la siete de la noche y de repente todo cambió. Era un vencedor. Parece que se cumplió su deseo. Fue su día de suerte.

Solo existen dos testimonios referentes a esa noche.

El primero, sus vecinos, Chumón y Che Agustín comentaron:

– Esa noche vimos a Daniel, hablando, riéndose solo y con una cara de zonzo -.

El segundo, una carta en un trozo de papel de cuaderno Alpes, donde se podía leer:

Mi amor, te escribo esta carta para informarte que la noche que iba a pedir tu mano, Daniel pasó y hundió el tacón de una de sus botas trompa é hierro, calzado que se esta usando mucho, en mi  pie derecho y siguió como si nada hubiese pasado. En vez de llegar a tu casa, me llevaron para el dispensario. No sé si tú sabes de esto. No sé si Daniel lo hizo, por que no le caigo bien. No sé si tú sabes que tengo los dedos del pie esfaratados. No sé si tú sabes que no puedo aun ponerme zapatos. No sé, tú sabes que con estas lluvias no se puede salir a enamorar en alpargatas. Yo solo sé que te sigo queriendo mucho. Escríbeme pronto, por favor, que me estoy muriendo de amor.

Chente.

Ninguno de estos dos testimonios daba una pista, con la cual se pudiera conocer que fue lo que realmente sucedió esa noche que cambió para bien a Daniel.

Cuando a él le preguntaban, contestaba:

– Que te lo cuente Paco si quieres.

Muchos años después de aquel día, una mañana en Los Guayacanes, bodega del ilustre Che Pascual, un grupo de personas entre ellas, Daniel, Alejandro, Roberto, Denis, recordando tiempo pasados, salió a relucir todo lo que sucedió en la famosa partida de barajas. Alejandro le dio un ataque de risa. Daniel muy risueño no decía nada. Hasta que se dirigió a Roberto y Denis, en voz baja:

– Vámonos de aquí, para la TascaMillo, no vaya ser que Alejandro se muera del mal de las quijadas locas y perdamos el día.

Pasaron por la calle Pablito Romero, en la esquina donde está el atellier de gran pintor Yehko, cruzaron a la izquierda y tomaron el rumbo hacia la Tasca, cuando de repente una lluvia con viento hizo que corrieran hasta la ésta, para no quedar empapados en agua. Daniel llegó de primero. Aun conserva un poco su capacidad atlética de los tiempos idos.

Instalado en la TascaMillo, Daniel, dijo:

– Le voy a contar lo que pasó ese día, ahora que el agua y viento traen a la memoria mía, algo que nadie sabía y se lo contaré al momento.

“Yo pasé ese día por casa de Adela, salí al Conchal, llegué y doblé a la derecha en la esquina de la casa de Faustino Rodríguez rumbo a mi casa. Era de noche. Iba muy bravo. Cerca de la casa de María Ruiz, bajo de un flamboyán, fue donde la conocí. Ella me miró. Su mirada era como el primer rayo de luz de la mañana. La más bella de la pradera. Que linda era y es. La noche se iluminó. Nos regaló el más bello azul. El azul de los sueños. Nos envolvió una atmósfera con un embrujo amoroso. La felicidad plena. La más grande felicidad. La que cura todos los males, hasta las arrecheras. Esa muchacha me devolvió mi fantasía y las ganas de vivir la vida”

-¿Dónde salió y quien era esa muchacha? Preguntó el periodista Roberto.

“Era una colegiala, que estaba de vacaciones en el pueblo y visitaba a un familiar. Tenía para esa época como dieciséis años. Un ángel. Desde ese momento cambió mi vida. Hablamos poco. Lo suficiente para comprender que era amor lo que sentíamos. Yo le prometí que sería mi compañera. Estuvimos un tiempo unido sólo por la memoria. La seguía recordando y queriendo en los días que el cielo esta encapotado, pero que deja pasar un rayo de luz. Ella de me confesó después, que me recordaba y quería cuando comía mangos bajo la lluvia. Llego el momento que yo esperaba. No hubo sorpresa alguna cuando la hallé. Desde ese día, de los dos empezó a fluir el amor como agua clara de manantial. Aún permanece.

Ci-Ti, dijo suspirando, es luz que guía mi vida desde ese día. Mi pan interior. Ese fue mi día de suerte”. Concluyo, exigiendo después de la narración, que se le diera su disfrute.

María, la única mujer presente, escuchó embelesada la todo el relato y luego exclamó.

– Éste Daniel si habla bonito. Qué diferencia al otro, cuando está borracho.

Los demás presentes aplaudieron la exposición de Daniel y estuvieron de acuerdo que merecía por lo menos tres botellas de etiqueta negra y un sancocho de pellejo de puerco con frijol, de pasapalo. Daniel pidió a Danilo, el chef de la tasca, que el sancocho quedara como una cremita, como  a él le gusta. Juan Largo se encargó de buscar las botellas. Roberto, manifestó estar rojo yare. Al escuchar esto, Daniel expresó:

-A de ser siempre que yo nunca gane una contigo Robertico.

Millo, que se había acercado a escuchar la narración de Daniel comentó:

– Esta historia es más bonita que la Hans Christian Andersen y Jenny Lynn, el ruiseñor de Suecia-.

Denis que contó la conversación, la recordaba como flashes instantáneo que venían de su memoria. Hizo énfasis que el discurso de Daniel fue extraordinario, lleno de pasión y mucho romanticismo. Valía la pena haberlo grabado. Pero los buenos periodistas no usan grabador.

Con mucha razón, las personas cuando ven a Daniel, a su Esposa e hijos, los notan siempre hermosos y muy sonrientes.

Fundación José Joaquín Salazar Franco

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