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FIESTA PLAYERA CON DUENDES MARINOS

A Cheguaco, dedico Por haberme enviado la información sobre la leyenda de Los Chimichimitos.

Sabíamos que estas vacaciones iban a ser inolvidables: íbamos a estar en la casa playera de los abuelos donde solemos divertirnos muchísimo. La casa de los abuelos está en Margarita, tan cerca de la playa que las paredes son de sal y las olas del mar rompen dentro de ella llevándose todo por delante.

La primera noche que pasamos ahí, oímos la risa de unos niños. Muy tenue al comienzo, parecía una llovizna que iba creciendo hasta convertirse en un aguacero.

-Seguramente alguno de los niños cumple años y le están celebrando su fiesta- le dije a Leonor.

-¿Por qué no vamos?- me preguntó ella, mirándome con ojos enormes.

-Tú sabes que no debemos ir porque no somos invitados. Pero podemos asomarnos a la ventana para curiosear.

Así lo hicimos, pero no logramos ver nada. En cambio, oímos un canto extraño pero muy bonito que no entendíamos bien.

-Qué rara esa canción, nunca la habíamos oído, ¿verdad?

-Nunca, debe ser música típica de Margarita.

Nos quedamos dormidos con los cantos, como cuando mamá nos arrullaba con sus canciones de cuna.

Dos días después fuimos despertados por un escándalo de voces. Eran como las cuatro de la mañana, pero no estaba oscuro porque la luna había salido a pasear con unas grandes linternas. Esta vez salimos hacia la orilla de la playa, caminando como las tortugas para no despertar a los demás.

No podíamos creer lo que presenciábamos. Una multitud de seres pequeñísimos, de apariencia translúcida, saltaban felices por la orilla y se revolcaban en la arena. Apenas nos vieron se tornaron más pequeños aún y se escondieron en las conchas de los guacucos y de los chipichipes, moluscos con los que se prepara la deliciosa paella margariteña. Desilusionados, iniciamos el regreso a la casa.

-Pssss, pssss- nos llamaron.

Eran dos de ellos, que nos habían seguido. Nos sonrieron, con una sonrisa abierta, las mejillas brillantes y los ojos cristalinos.

-Yo soy Chuíto -dijo el que parecía el mayor- y ella es Panchita. Somos hermanos, los capitanes de este ejército de duendes del género de los chimichimitos.

-Nosotros también somos hermanos. Me llamo Santiago y ella es mi hermana Leonor.

-¿Du… duendes?- preguntó Leonor, quien había dado unos pasos atrás, asustada.

-No tengan miedo, somos duendes bondadosos. Sabemos que tienen varios días por aquí y los queremos invitar a una fiesta playera que vamos a celebrar este domingo a las doce de la noche. ¿Podrán venir?

-Sí, sí, encantados- respondió en seguida Leonor, a quien le gustan las fiestas más que a mí.

Nos dimos un abrazo y nos despedimos. A su regreso los esperaban, ya fuera de sus escondites, miles de duendes. Parados sobre las piedras y diciéndonos adiós con sus pequeñas manos parecían cocuyos que nos encandilaban, como hace el sol cuando lo miramos directamente a los ojos.

Ese domingo transcurrió muy rápido. El tiempo parecía más apurado que nosotros para asistir a la primera fiesta playera de nuestras vacaciones, porque consumió de prisa las horas, minutos y segundos que Dios le había repartido para usarlo en el día. Después de la cena nos reunimos en el jardín de la casa. La abuela nos divirtió muchísimo con los sabrosos chistes margariteños que ella conoce y que narra con tanta chispa.

-¡Más chistes, abuela, más chistes!- pidió Leonor.

-Chistes, chistes… puras che, como la chicha que tomamos a mediodía- respondió Mamá Elena, riéndose.

-¡Como los chimichimitos!- dijimos Leonor y yo casi al mismo tiempo.

Ella nos miró. Nosotros permanecimos callados como si nos hubieran sorprendido en alguna travesura. Pero ella continuó, de manera natural.

-Los chimichitos son duendes encantadores, tiernos como la pulpa del coco. Dicen que son los espíritus de las pequeñas criaturas que descansan en las profundidades del océano y que les gusta hacer travesuras en el mar.

-Igual que a ustedes, muchachos- nos dijo mamá, acariciando nuestras cabezas.

-Es que ustedes son unos duendes humanos- bromeó papá.

Todos soltamos las carcajadas por la comparación, que nos resultaba tan graciosa.

A medida que se acercaba la hora de nuestra cita, nos sentíamos cada vez más emocionados. Para esa fiesta nos arreglamos mucho más que de costumbre porque deseábamos estar a la altura de la belleza nacarada de nuestros nuevos amigos. Aunque a mis doce años no hago mucho caso de eso, me vestí con mi franela más nueva y más bonita y me puse gelatina en el cabello. Leonor estrenó un vestido blanco y unas sandalias doradas que había comprado en la isla. Adornó su cabeza con un cintillo de carey que le regaló el tío Manuel. Debo reconocer que se veía muy linda y que su ropa clara contrastaba con su bonito bronceado.

Llegamos a la fiesta a la hora convenida y todos nos estaban esperando. Los duendes estaban trajeados con batas transparentes y delicadas, y sus diminutos pies iban descalzos. Las hembras tenían zarcillos hechos con conchas de caracol y los varones llevaban viseras tejidas con algas marinas.

Habían hecho una fogata con un rayo de sol que escondieron desde la mañana bajo un banco de arena. La duende Madre, Doña Chita, preparó el menú: uvas de playa endulzadas con miel de abejas, pescado a la parrilla, torta de coco rayado con limón, y agua de coco con papelón. Nos lavamos las manos con agua de mar, a la que habían quitado la sal dejándola reposar todo el día en los profundos cuencos que se formaban entre las rocas más altas.

Después que comimos, nos colocamos en círculo y nos tomamos de las manos para danzar. Unas veces lo hacíamos como si fuéramos palmeras. Nos cimbreábamos suavemente, a la derecha y a la izquierda, todos al mismo tiempo, y hacíamos un ruido: chiiiissss, chiiissss, como el de las hojas de los árboles cuando se mecen con la sinfonía del viento. Otras veces ondulábamos como las olas del mar, adelante y atrás, atrás y adelante, como cuando rompen las olas en la orilla de la playa. Truuuuashhhhh, se oía. Éramos el cuerpo de baile marino más artístico que ha existido sobre la tierra.

Más tarde, los capitanes Chuíto y Panchita propusieron que nos sentáramos en la arena y cantáramos. Todos aceptaron gustosos menos mi hermana y yo porque no lo hacíamos nada bien. Nos dijeron que no nos preocupáramos, que soltáramos las voces y dejáramos que el viento del norte fluyera libremente al interior de nuestros cuerpos. Parece mentira, pero aprendimos a entonar melodías bellísimas con las mandolinas y las flautas en que se habían convertido nuestras voces. Eran tan dulces nuestros cantos que las olas del mar, los cocoteros, los peces dorados y los botes multicolores que suelen estar en la orilla, permanecieron quietos y silenciosos escuchando el concierto y disfrutando de él. Éramos el coro de voces marinas más armonioso que ha escuchado el universo.

Cuando nos retiramos para dormir, todos los que estaban en ese auditorio, junto con la luna y las estrellas que se habían encargado de la iluminación del escenario, se pusieron de pie y nos aplaudieron con gran entusiasmo. Al día siguiente nuestra familia estaba agradablemente sorprendida de escuchar que cantáramos:

“Los chimichimitos estaban bailando

El coro corito, tamboré”

Olivia Villoria


ESTADO DE COMA

A la memoria de Rafael Villoria Fonseca, mi padre

Deambulo de un lado a otro, maravillado ante lo que presencian mis sentidos. Veo muchos rostros, algunos familiares, la mayoría desconocidos, pero todos sonrientes, plenos de una serenidad que se me antoja sobrenatural… ¿Yo también luciré así?, me pregunto. Qué raro, no siento hambre ni sed, calor ni frío. ¿A dónde irían a parar mis necesidades?

Un exquisito olor dulce, de jazmín, ¿o será de nardo? No lo sé, no estoy seguro, pero lo cierto es que satura el ambiente y me penetra profundamente. Una música inspiradora, aplausos y… ¿como oraciones? arrullan mis oídos. Yo que creía conocerlo todo a mis ochenta años… ¡Dios mío!, ¿dónde estoy?

Los recuerdos cabalgan sobre el potro de mi memoria, como desbocados. Una, cien, mil imágenes, luchan por captar mi atención. Estoy con mi hija en un sitio que no logro identificar. Ella habla con un hombre de gran camisa blanca. ¿Quién es?, me digo. Ah, es un médico. Él dice un nombre, un nombre alemán.

-Es Alzheimer.

Mi hija voltea a mirarme. Está llorando mi niña, pero a mí no me preocupa ese alemán, ya no. Ahora entiendo. Yo no era yo, mi memoria estaba extraviada, mi conducta lucía trastocada. Lo sé por los rostros asombrados de quienes me rodeaban.

En esa cabalgata aflora el recuerdo de tantas cosas y de tantas personas. Evoco nítidamente un fuerte impacto dentro de mi cabeza… ¡Pum! Como si hubiera estallado una bomba de tiempo. Y caí, traté de resistirme, pero caí. Mi casa grita y llora. ¿Por qué lo hace? Sirena de ambulancia, traqueostomo, respirador artificial, medicamentos… ¡Dios mío, ¿dónde estoy?!

-Terapia intensiva-, alcanzo a oír.

Abro los ojos y estoy en mi casa. Mi casa es alegre y acogedora, cálida y de gran colorido. Alrededor de esta extraña cama, atentos a mis movimientos, pendientes de mi respiración, vigilantes de los latidos de mi corazón, están mis afectos: mi mujer por tanto tiempo… nuestros hijos… los nietos. Casi no puedo hacer nada por mí mismo pero me siento feliz: ¡estoy en mi casa!

-Estado de coma-, dicen.

Así conocí a Carlota, mi enfermera. La trajeron para que me ayudara, para que nos ayudara. Era una mujer grande y fuerte, de piel oscura, mirada atrevida y risa escandalosa. A ratos regañona, a veces cariñosa. Me trataba como a un niño… ¡Qué irrespeto!

Me enamoré de ella y esa fue mi última infidelidad. Yo esperaba con ansias el momento en que ella vendría a acariciar mi cuerpo, suavemente, sensualmente. Yo sentía cosas. Por más que sea, yo era (y soy) un hombre… y estaba vivo. Lástima que lo que para ella era una tarea más dentro de los cuidados que tenía que prodigarme, para mí era un momento de amor.

Luego tuve que hacer un viaje y mi casa me despidió. ¡Dios mío!, ¿a dónde voy? Todos vinieron a decirme adiós. Escucho palabras amorosas… Siento caricias delicadas… Veo hermosos rostros… Aspiro olores agradables… Saboreo el cariño de todos.

Llegué aquí. A este sitio lleno de luz, de deliciosas fragancias, de sonidos gratos, donde hay alguien a quien hacemos reverencia. Ahora estoy aquí y -si me pongo a revisar mis últimos actos- sinceramente no debería estar… Dios es tan bueno… Dios me ha perdonado.

Olivia Villoria Quijada
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NI CONTIGO NI SIN TI

La capacidad de tomar decisiones es una de las cualidades que nos hacen esencialmente humanos –junto con la libertad, la responsabilidad, la creatividad, entre otras-, lo cual implica que permanentemente estamos eligiendo, aunque no nos percatemos de ello.

Para que exista una situación de decisión debe presentarse la posibilidad de elegir –por lo menos- dos alternativas. Sin embargo, la mayor parte de las veces las escogencias que deben realizar los adultos son más complejas, debido a que han aumentado en todos los ámbitos no sólo las oportunidades o alternativas disponibles, sino la cantidad y la calidad de la información necesaria para decidir.

Por otra parte, en ocasiones la elección entre dos opciones es dilemática, esto es, hay dos alternativas, dos proposiciones contrarias disyuntivamente, presentadas de tal manera que negada o concedida cualquiera de las dos conducen al mismo resultado.

Sor Juana Inés de la Cruz decía en relación con la soledad:

Ni contigo ni sin ti
tienen mis males remedio
contigo, porque me matas
y sin ti, porque me muero.

Esta poesía constituye un ejemplo de lo que se llama dilema simple. Simple en el sentido de que hágase lo que se haga el resultado es el mismo, pero tan complejo desde el punto de vista ético, moral y psicológico que produce la sensación de estar atrapado sin salida. El dilema de la poeta es un dilema dramático porque implica la muerte espiritual. Pero un dilema simple muy bien podría implicar la muerte física como es el caso de un enfermo terminal que, independientemente de que siga o no un tratamiento, sabe que el desenlace va a ser fatal.

De la tradición oral margariteña hemos escuchado este decir, de labios de Marina Quijada González:

No sé qué puedo hacer
si salir o no salir
si salgo soy vagabundo
y si no salgo soy vil.

Este es un ejemplo de dilema complejo porque los resultados de las decisiones son diferentes aunque igualmente desagradables con lo que, en la práctica, es como si fuesen iguales.

¿Pueden resolverse los dilemas? ¿Cómo hacerlo?

Se han discutido por lo menos tres posibilidades: las dos primeras (retorcer o devolver el argumento y demostrar la falacia del dilema) corresponden más al ámbito de la lógica, que no vamos a discutir. Mientras que la tercera (escoger el mal menor) es de índole psicológica y tiene implicaciones prácticas que resumiremos seguidamente.

Escoger el mal menor implica evaluar la importancia de los resultados negativos de cada alternativa, analizándolos a la luz de nuestra escala de valores personales. En este caso, resulta útil un procedimiento de reducción de la disonancia cognoscitiva, fenómeno estudiado por el psicólogo social Leon Festinger.

La teoría de la disonancia cognoscitiva afirma que si el resultado de una elección no está de acuerdo con las expectativas de la persona, se experimenta una sensación de malestar. La persona intenta reducir esta sensación cambiando los pensamientos y acciones con el fin de lograr coherencia. Por ejemplo, alguien desea comprar una mansión pero, de acuerdo con sus posibilidades, debe conformarse con un pequeño apartamento. Para reducir su disonancia se dice: la mansión queda muy apartada de la capital, debo invertir demasiado dinero en su mantenimiento, el apartamento queda cerca del trabajo, o está en un sitio más seguro, etc.

Por otra parte, la teoría plantea que la tendencia natural del ser humano es incrementar el valor de lo que ha elegido y minimizar lo que no ha elegido. Por ejemplo, un fumador recibe información sobre las altas estadísticas de cáncer de garganta pero decide seguir fumando. Para reducir su disonancia, se dice a sí mismo que no está demostrada una relación causa-efecto entre el fumar y el cáncer, que conoce muchos fumadores sanos, que él no fuma tanto como para enfermar, etc.

En los dos dilemas citados anteriormente (el de Sor Juana Inés de la Cruz y el de la tradición oral margariteña) la persona puede decidirse por una de las alternativas, exaltando, por ejemplo, las bondades de estar a solas o de ser percibida como vagabunda, y magnificando las desventajas de estar acompañada o de sentirse vil. El Chavo (personaje cómico mexicano) cuando no puede obtener el alimento que desea ardientemente, reduce su disonancia diciendo: “Total que ni quería”.

Olivia Villoria Quijada
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ADMIRABLES

La única persona expresamente definida como admirable es Jesucristo. La Biblia lo llama Admirable, Consejero, Príncipe de Paz. No obstante, son muchos los seres humanos, vivos o muertos, que despiertan nuestra admiración.

Cuando nos invitan a pensar en individuos que admiramos, generalmente nos vienen a la mente personas en diferentes ámbitos. Por ejemplo, los héroes de la independencia: ellos son admirables porque con su gesta heroica forjaron nuestra libertad. Los artistas famosos: también lo son porque sobresalen en su arte, bien sea la actuación, el canto, la composición, el baile, la música, etc. Los escritores reconocidos: a través de la palabra escrita, en poesía, narración, teatro, crónica o ensayo, nos conmueven con su verbo. Los científicos destacados: con su formación y experiencia, aunadas a la curiosidad por el conocimiento, han contribuido a hacer del nuestro un mundo mejor. Los profesionales exitosos en todas las ramas que han descollado en el ejercicio de sus ocupaciones. Los deportistas notables quienes, independientemente del deporte que practican, lo han hecho con maestría. Aquellos gobernantes que, creando un clima de paz, tolerancia y respeto, han gobernado para todos los ciudadanos y no para un sector específico que es el que profesa sus mismas ideas. En fin, independientemente de su campo de acción, ciertas personas tienen la virtud de generar admiración por parte de sus congéneres.

Mención aparte merecen nuestros familiares. ¿Quién no pensó en uno de ellos, en primer término, como seres admirables? En los padres y abuelos, hermanos e hijos, entre otros, a quienes agradecemos que nos dieran la vida, el amor, apoyo, respeto… que nos dieran todo. Eso es cierto en nuestro primer grupo social (la familia), pero en otros de los grupos sociales de importancia, por ejemplo la escuela y más tarde la universidad, encontramos personas, maestros y profesores, quienes al orientarnos con sus enseñanzas y ejemplos, se convierten en modelos dignos de admiración.

En otras palabras, en el curso de nuestras vidas nos relacionamos con personas, directa o indirectamente, que por la razón que fuese, se hacen admirables a nuestros ojos. Cuán estimulante sería conocer que alguien nos admira, no por el mero hecho de satisfacer nuestro ego, ni mucho menos, sino porque esa sería la prueba de que hemos actuado con justicia, con excelencia, con propiedad.

Si bien en cada una de los grupos que he nombrado hay seres que son objeto de mi admiración -y no voy a intentar nombrarlos a todos, primero porque son muchos, y segundo porque seguramente dejaría por fuera a algunos- sólo haré un reconocimiento especial a mis padres: Rafael Villoria Fonseca (QEPD) y Marina Quijada González, quienes me transmitieron, a mí y a mis hermanos, muchos valores y actitudes que han hecho de nosotros ciudadanos responsables. Ellos tenían en común el amor a la familia, la honestidad, el estudio y el trabajo, la solidaridad, la humildad, la generosidad, entre muchas otras virtudes.

Aparte de ellos hay seres, incluidos o no en los grupos anteriores, a quienes admiro y valoro profundamente. No voy a decir nombres pero los considero emblemáticos del área que representan. Un médico que siempre está disponible para atender las consultas que, en relación con la salud de mi mamá, sobre todo, suelo hacerle a cualquier hora (en una época en que la medicina se ha deshumanizado tanto). La empleada de mi casa, honrada, trabajadora y eficiente (en un momento en que uno desconfía de permitir la entrada de extraños en su casa). El farmaceuta, amable, servicial, atento, que regentó por varias décadas la vieja farmacia cercana a mi hogar (cuando la inestabilidad laboral parece ser la norma). El muchacho que entrega el correo y que lo hace con alegría, independientemente de que el sol esté intenso, que esté lloviendo, o que el perro lo amenace con sus ladridos (ahora que la gente suele andar malhumorada). Son tantos, tantos otros. A todos, los admiro mucho…

Olivia Villoria
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LA ENFERMEDAD DEL AMOR

La fuerza que mueve al mundo, la razón de ser de las personas, la cualidad que nos hace profundamente humanos… Un motor, un sendero, un manantial… Frases cotidianas, palabras familiares, generalmente empleadas como definitorias del amor. Más inusual resulta definirlo como una enfermedad. Pues, es esto lo que pienso: el amor es una enfermedad.

Al menos en sus inicios, plenos de pasión, cuando una persona está enamorada exhibe -y esto, por supuesto, me incluye- signos y síntomas propios de ciertas enfermedades. Algunos síntomas son físicos: palpitaciones cardíacas, rubicundez de la piel, insomnio, inapetencia. Otros, los más sobresalientes, son de índole psicológica: pensamientos obsesivos, euforia y tristeza, exaltación y angustia, pérdida del sentido de la realidad, llanto inmotivado, falta de atención y concentración, descuido de las actividades regulares, entre otros.

Además de la experiencia personal, subjetiva, ¿qué hallazgos científicos explican la presencia de estos indicadores? La Sociedad de Neurociencias, de EEUU, y la Universidad de College, de Londres, estudiaron los cerebros de hombres y mujeres que se hallaban en “los dulces primeros días de una relación amorosa” (citado por BC.Mundo.com, 2003:1). Encontraron que los sentimientos de amor están relacionados con modificaciones en áreas específicas del cerebro y con alteraciones hormonales, tales como elevación de los niveles de dopamina y disminución de los niveles de serotonina. Estos cambios orgánicos afectan la energía y la euforia, la satisfacción y el placer, pero también producen un efecto de “ceguera”, adormecimiento del sentido crítico y obsesión-compulsión.

La descripción de estos fenómenos por parte de los científicos ha sido relativamente reciente, pero en la literatura son antiguas las alusiones al amor como una enfermedad. Una de las poesías que retrata más conmovedoramente esta concepción es el Cantar de los Cantares, de Salomón (Santa Biblia, 2002:933).

“Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén
si halláis a mi amado,
que le hagáis saber
que estoy enferma de amor.” (5:8).

Ante una situación de enfermedad puede ocurrir una de las tres alternativas siguientes: 1. Que se produzca la curación, 2. Que la condición se haga crónica, y 3. Que sobrevenga la muerte.

La cronicidad parece ser ajena al amor. No conozco a nadie que haya experimentado, a largo plazo y permanentemente (con respecto a la misma persona, quiero decir), los signos y síntomas anteriormente citados, por lo cual concluyo: el amor, o se cura o se muere.

Cuando el amor se cura, ¿la curación es espontánea u ocurre como resultado de algún tratamiento? Si lo segundo es cierto, ¿en qué consiste el tratamiento? ¿Es el ejercicio de la indiferencia? ¿Es la práctica de la violencia física y psicológica? ¿Es la obra de la rutina?

¿Es la aparición de otro objeto de amor?

Las respuestas parecen ser múltiples y al presente desconozco cuál de éstas es la más acertada; por ahora, manejo la idea de que la curación ocurre espontáneamente aunque algunas de sus causas pueden ser premeditadas.

Una frase de Ortega y Gasset es célebre: “el enamoramiento es una especie de imbecilidad transitoria” (citado por Fernández Tresguerres, 2002:1). El filósofo parece estarse refiriendo a una suerte de psicopatología o enfermedad mental, caracterizada por su corta duración.

La brevedad de ese sentimiento también la reconoce Pablo Neruda cuando canta en el Poema 20, de sus Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada:

“Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido” (2000:99).

En un ensayo sobre la transformación del amor, Juan Nuño asevera que “sus beneficios son intensos aunque breves, pero sus molestias largas como un mal sueño” (1994:120).

Resumiendo, estos autores -desde la óptica de la filosofía y de la poesía- coinciden en afirmar que el amor es pasajero, es temporal, sus síntomas merman, sus manifestaciones se debilitan, el afecto cambia de cualidad. Dicho de otro modo, el amor se cura. ¿Acaso no es frecuente ver cómo parejas de enamorados, otrora apasionados, se convierten en una especie de hermanos -que se quieren, es cierto- pero a quienes ya no consume el fuego de la pasión?.

En lo que respecta a la muerte del amor, ésta puede asumir dos formas: 1. La conversión en su antítesis: el odio, 2. Su cese: el desamor.

En la Rima XXXVIII, Gustavo Adolfo Bécquer declara:

“¡Los suspiros son aire y van al aire!
Las lágrimas son agua y van al mar!
Dime, mujer: cuando el amor se olvida,
¿sabes tú a dónde va?” (2002:2).

¿Cómo y por qué muere el amor? La respuesta que más me convence es de índole paradójica: el amor muere por presencia y por ausencia. Los motivos más específicos de la muerte, intuyo, son los mismos que he señalado como tratamiento para la curación: la indiferencia, el maltrato, la rutina… En la práctica, entonces, la curación del amor y la muerte del amor parecen ser lo mismo.

La muerte por amor (la muerte del paciente) también es usual y se produce por suicidio o por crimen pasional. De ello sobran los ejemplos en la literatura (Romeo y Julieta, Tristán e Iseo, Hemón y Antígona, entre otros) y en las páginas rojas de los medios de comunicación.

Me he referido al curso de la enfermedad pero no a su origen y, en este sentido, el amor está en desventaja (o en ventaja, no lo sé). ¿Alguien conoce las razones para el amor? ¿Puede evitarse el mismo? ¿Puede planificarse? ¿No nos enamoramos primero y luego buscamos las explicaciones?.

Sea que los efectos del amor resulten tan devastadores que nos produzcan un “dolor sabroso”, sea que se debilite irremediablemente, o sea que se transforme en odio o en desamor, el estado ideal del ser humano es estar enamorado. Nos dice San Pablo (Santa Biblia, 2000:1.517):

“Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.” (1 Cor 13:3).

En síntesis, el amor es una enfermedad de etiología desconocida, que no tiene prevención, tratamiento conocido ni rehabilitación. El amor es la única enfermedad que todos deseamos padecer.

Olivia Villoria Quijada
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DOS ESCRITORAS A LA ORILLA DEL MAR

Había dejado de llover y asomaba el sol, con esa luz tan especial que tienen los atardeceres margariteños y que tanto han cantado los poetas: el sol de los araguatos, amarillos terrosos, reminiscencias tempranas de una no tan lejana infancia.

Gabriela y Sara, amigas de hace poco tiempo, disfrutaban de unas merecidas vacaciones en la playa, lejos del cansancio que produce la esforzada actividad intelectual. Se sentían como sedadas por el murmullo de las olas del mar cuando rompen en la orilla. Estaban en silencio, absortas, “campaneando” los vasos de sus bebidas favoritas.

La figura de un hombre llamó su atención: caminaba despacito como contando cada grano de arena, ensimismado. Era muy alto, tan bronceado por el sol como si hubiera nacido de él, con una mirada tan azul como ese mar, con una luenga y blanca barba en la que se habían congelado los años.

-Ese hombre me recuerda a mi papá. Tiene algo de misterio, parece meticuloso. ¿Le gustarán las matemáticas? Porque a mi papá le encantaban-, comenta Gabriela.

-Sí, qué casualidad, a mí también me lo recuerda. No sé, pero hay algo en él que me luce muy espiritual, muy religioso-, le responde Sara.

-Pareciera que viniera de vuelta de todas las historias, a lo mejor ha leído mucho. ¿Le gustará la poesía? A mi papá, además de que era un científico, un matemático, también le gustaba la poesía. Creo que por eso me puso el nombre de Gabriela, por Gabriela Mistral.

Gabriela, una de las dos mujeres, era de estatura mediana, delgada y morena, químicamente pelirroja; era extremista en sus afectos, muy alegre a veces pero otras extremadamente triste.

-Y el mío era tan católico, tan creyente, la Biblia era uno de sus libros favoritos. De ahí me puso el nombre de Sara, como la esposa de Abraham. Pero a la vez era tan puto, me cuenta mi mamá que él tenía debilidad por una tal Sara Montiel.

Sara, la otra mujer, también era delgada pero más alta, blanca, sensible y graciosa, centrada y equilibrada.

-¿En serio?… cuéntamelo todo-, dijo Gabriela.

-Sí, chama, él no se perdía ninguna de sus películas y la fue a ver a todos sus espectáculos, se volvía loco por las tetas de esa mujer. Sólo en eso me parezco a ella ya que tengo cuatro millones de bolívares encima-, añadió Sara, colocando las manos sobre sus senos.

Gabriela y Sara rompen a reír ruidosamente. Gabriela continúa: -Yo soy la antítesis de la Mistral. Esto que estoy haciendo aquí, tomando licor y semidesnuda, jamás lo hubiera hecho ella en Temuco. De ella sólo tengo, además del nombre, que me gusta y sé escribir y contar cuentos. Algunos de mis amigos me llaman Corín.

-Por Corín Tellado-, dice Sara, entendiendo la alusión.

Claro, chica, ¿por quién más?

-Mi papá también amaba la poesía -confiesa Sara- pero yo aprendí a odiarla porque él me obligaba a leérsela en voz alta. Y yo leía como una carretilla: “He renunciado a ti. No era posible. Fueron vapores de la fantasía”… de Andrés Eloy Blanco, ¿te acuerdas? Y él me regañaba fuertemente: así no, con entonación. Y yo tenía que continuar: “He renunciado a ti serenamente como renuncia a Dios el delincuente”, como una carretilla, pero con la boca torcida por la rabia.

Gabriela sonríe y comenta: –Yo también terminé odiando las matemáticas. Además de que no tengo un pensamiento lógico, yo soy imaginativa, soñadora, extravagante, no le tengo miedo al ridículo. En cambio, soy capaz de contar las historias más insólitas… hasta la edad que tengo, pues. Mi razón de vida es escribir; me acaban de llamar de la Editorial La Eneida para que lleve urgentemente los originales de mi libro… pero tendrán que esperar porque yo de aquí no me muevo.

-Ah, no cuentas números pero cuentas cuentos. Y yo, después de tanta rebeldía hacia mi papá, después de tanto pataleo, finalmente descubrí que la poesía es mi pasión; acabo de terminar mi último poemario… Tanto nadar para morir en la orilla. ¿No? Ya puedo decir (y lo dijo despacio, saboreando las palabras): “Yo voy hacia mi propio nivel. Ya estoy tranquila”, como dijo también Andrés Eloy.

– Me “laxas”-, responde Gabriela, y se ríen a carcajadas mientras van al encuentro de sus parejas quienes llegan en ese momento a disfrutar de un delicioso día en Playa El Agua.

Olivia Villoria Quijada y María del Valle Marcano


PALABRAS

Si de algo debiéramos estar atentos nosotros, los hijos, es de las palabras de nuestros padres y abuelos: ellas son tesoros invalorables. No estaría mal que nos convirtiéramos en una suerte de esponjas que beben hasta la última gota del agua que se les ofrece. ¿Para qué?, podría preguntarse alguien. Pues, sencillamente para recoger las tradiciones y preservar nuestra identidad. Todos debemos ser responsables de esto.

Desde julio de 2002 he estado recolectando y transcribiendo los poemas, refranes, decires, etc. que continuamente expresa mi mamá -Marina Isabel Quijada González- a partir de las vivencias de su infancia y juventud transcurridas en El Salado, Estado Nueva Esparta, donde nació un 18 de julio de 1916.

La cantidad y diversidad de expresiones reflejan la riqueza de sus recuerdos y, seguramente, de la tradición oral margariteña. Creencias y valores que se reflejan en textos donde hay humor, ironía, desilusión, indecisión, sexualidad, etc. Canciones infantiles y juegos que acompañan el crecimiento de los niños y la diversión de los jóvenes. Refranes y dichos, breves y contundentes, que revelan maneras de pensar sobre multiplicidad de asuntos.

Resulta difícil seleccionar entre tantos materiales aquellos que quisiera compartir en esta oportunidad. Posiblemente -espero, deseo- serán familiares a muchos de ustedes. Pero si no lo fueran, sería deseable recolectarlos para transmitirlos a las generaciones que nos siguen. Luego de pensarlo bien, me decidí por varios de aquellos que tienen que ver con uno de los temas que me apasionan: el amor, y su otra cara, inevitable, omnipresente: el desamor.

El primero me encanta, pues alude a aquello que han descrito muchos psicólogos y psiquiatras en relación con el amor de pareja, y que nosotros hemos experimentado aunque ningún especialista nos lo haya dicho: esa especie de ceguera que sentimos ante el ser amado y que nos hace ver o magnificar cosas que no están presentes, pero que es propia de cualquier relación de amor, entre ellas por ejemplo, la de madre-hijo.

El que a feo ama
Bonito le parece.

El siguiente canta el abandono por parte del objeto de amor y el consecuente guayabo, y lo hace con una rabia que no deja de sorprender:

Qué importa, torta
Que tu amor se pierda, mierda
Me dijiste que me querías, porquería
Y me dejaste por un compadre, coño´e madre

El último es melancólico, pleno de esa nostalgia que nos hace anhelar la presencia del ser querido. Por su contenido, descubre los encuentros que se dan de manera esporádica, quién sabe por qué razón, pero, sea cual fuese la misma, o gracias a ella, no lo sé, mantiene vivo el fuego de la pasión.

De domingo a domingo, te veo la cara
¿Cuándo será domingo, bien de mi alma?

Olivia Villoria Quijada
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QUISIERA SER MARGARITA

Dice el cantautor Juan Luis Guerra:

“Quisiera ser un pez para poner mi nariz en tu pecera y hacer burbujas de amor por donde quiera pasar la noche entera mojado en ti”.

La música popular está plena de canciones de amor que incluyen expresiones como la anterior, en las cuales el autor -con la finalidad de acercarse al ser amado- asegura querer adoptar formas o funciones que superan las limitaciones propias de la naturaleza humana.

Por diversos motivos las personas desean no ser quienes son, o tener cualidades diferentes a las propias, o mejorar ciertos rasgos personales. La búsqueda del amor, el afán de poder, la ambición económica, el anhelo de fama, la necesidad de seguridad, el logro de metas, la autoestima personal, entre otras, son algunas de las razones que nos incentivan al cambio.

En ciertas etapas del desarrollo vital, por ejemplo en la adolescencia, tal actitud es la norma. Una de las tareas que debe realizar el adolescente para su maduración psicológica tiene que ver con el alcance de la identidad personal, lo cual hace que ciertos comportamientos y sentimientos tales como la idealización y la imitación de modelos, lo conduzcan a intentar superar rasgos y características psicológicas y físicas que considera desfavorables.

No obstante, a cualquier edad elaboramos fantasías -alcanzables o no- las cuales tienen la propiedad de impulsarnos hacia el logro de nuestros sueños. Frases como “quisiera tener la libertad de un turpial”, “cómo me gustaría ser tan fuerte como un roble”, “quién tuviera la belleza de Patricia Velásquez” o “si yo fuera rico como Bill Gates”, las hemos pronunciado (con variantes) o se las hemos escuchado a alguien.

El folklore popular oriental nos deleita con vibrantes versos donde están presentes afirmaciones de tal naturaleza:

“Quisiera ser la agalla de la lisa
Quisiera ser la tripa del pescáo
Quisiera ser un guaiquerí saláo
Quisiera esguañangarme la camisa”.

Pues, como yo no soy distinta al resto de los mortales también -por amor- alguna vez quise transmutarme. Es por ello que me atreví a escribir este pequeño poema:

“Quisiera ser Margarita:
en mí pensarías.
Quisiera ser Margarita:
conmigo soñarías.
Quisiera ser Margarita:
sólo así tú me amarías”

Olivia Villoria Quijada
[email protected]
10 de Septiembre 2005


LA CREATIVIDAD DEL MARGARITEÑO

El venezolano es creativo, de eso no hay dudas, pero la creatividad del margariteño es especial. Tal vez porque nace y crece arrullado por las voces de las olas del mar, quizás porque los intensos rayos del sol incendian la savia de su sangre. No sé cuáles son las razones, no estoy segura, pero lo cierto es que la casi ausencia de lluvia en Margarita es compensada por la lluvia de talentos, y de ello tenemos innumerables ejemplos.

Hace poco, fue emocionante para mí escuchar por teléfono, de su propia voz, las poesías de un margariteño, nacido en Tacarigua de San Sebastián. Se llama VICENTE QUIJADA, tiene 73 años y vive actualmente en Puerto La Cruz. Él le canta al amor, a la mujer, a su casa, a las cosas más sencillas, como una vez dijo Aquiles Nazoa. Convencida como estoy de la responsabilidad que tenemos de divulgar nuestro acervo cultural, específicamente nuestra tradición oral, quiero compartir con ustedes algunas de ellas.

MIS ANIMALES

Vivo en la vía de Provisor
En una humilde vivienda
Que para mí es una prenda
Y la quiero con amor.
Un canto ensordecedor
De un gallo por la mañana
Muy cerca de la ventana
De donde duerme este viejo
Me paro a ver los ovejos
En horas de la mañana.

PRIMA

Los recuerdos de tu amor
Se apoderaron de mí
Tan sólo pensando en ti
Como el insecto a la flor.
Joya de tanto valor
Que jamás olvidaré
He sido tuyo y seré
Y me persigue tu sombra
Mis labios siempre te nombran
Prima que tanto adoré.

AL AMANECER

Vivo feliz y contento
Con mi esposa y con un hijo
Y en mi cama un crucifijo
Que para mí es un aliento.
Una ráfaga de viento
Baja de la serranía
Pone la mañana fría
Y en un momento oportuno
Preparo mi desayuno
Como lo hago cada día.

MUJER HERMOSA

En las inmensas llanuras
Que he podido conocer
Yo no he visto una mujer
Que tenga tanta hermosura.
Tiene un plantar de figura
De modelo sin igual.
Con un bonito mirar
Como no me lo imagino
Le pido a mi Dios divino
Que me la deje gozar.

Olivia Villoria Quijada
[email protected]


EL RETRATO DE LA ABUELA

A Marina Quijada González, mi madre

Matrona de casi nueve décadas: la bella sonrisa, el cabello gris, las manos pecosas, inspiran la ternura propia de las abuelas. Un hablar sabroso rubricado con gestos ineludibles, salpica de gracia a todo el que la escucha. Sus decires, refranes y chistes margariteños, nos hacen vivir los recuerdos de su infancia y juventud en Antolín del Campo, de la perla del Caribe Mar.

Su apariencia física -hermosa y fuerte- va a la par de la estatura de su personalidad. Lúcida e incansable, valiente y plena de vitalidad, pareciera haber atesorado para sí toda la energía del mundo.

Nació para el trabajo. Sus manos torcieron el tabaco, acariciaron el molino, cargaron la mara del pescado frito para los obreros de su padre, allá en el lar nativo. En su vida citadina, cosió sombreros y acomodó personas en las butacas de un cine. Pero esto no fue otra cosa que la preparación -el curso propedéutico- para lo que habría de ser el sentido de su vida, la obra que Dios le tenía asignada aquí en la tierra.

A los 20 años comenzó su verdadera ocupación, la producción de hijos: uno… dos… tres … hasta ocho, disfrutando así del placer que se inventó para ella, el placer del amor. Su labor, la que no tiene vacaciones, días feriados, ni jubilación, fue cuidar de sus nueve afectos.

En la mitad de su vida saboreó los dolores del desamor. La historia de siempre: alguien le quiso robar a aquél con quien había compartido tantos soles y tantas lunas, tantos “buenos días, cómo amaneciste” y tantas “buenas noches, que duermas bien”.

¿Que esto amargó su carácter? Ni lo sueñes. Por fortuna, la abuela todavía está entre nosotros, con la impaciencia de a veces, con la dulzura de siempre, el cafecito colado de las 7 de la mañana, el ir y venir trabajando en la casa, el Dios te bendiga, mi amor…

Olivia Villoria Quijada

Fundación José Joaquín Salazar Franco

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