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Una cachapa  los unió para siempre. 

Cuando Lalo José  y Concha se vieron por primera vez bajo la sombra de un roble, campanas de fiesta latieron en sus  corazones. Eran unos niños, pero para ellos fue muy fácil entender que se amarían para siempre.

 

A Lalo  lo acogieron en la casa de Concha como un hijo más. Un hijo muy especial. En tiempo de cachapas, Lalo  siempre tenía reservada una cachapa tan grande como una torta de casabe y una lata  de mantequilla holandesa Bruun  de esas traían de contrabando. El se sentaba en un ture a disfrutar de esa comida criolla junto a ella, formando una estampa romántica. La cachapa los unía.  Robertico y Peruchito que también estaban enamorados  en esa casa le daban una cachapita que era más pequeña que una galleta de a centavo de las que vendía  Yuya.

 

Concha amaba a Lalo con una ternura infinita e inagotable.  Eran una pareja de cuento de hada. Un día Lalo se fue a Tierra Firme a buscar la vida y le dejo a Concha la promesa de Odiseo: Volver. Ella, serena le respondió: te esperaré siempre y un día, recogió la promesa y  recuerdos, para conservarlo para ese día.

 

Lalo era una persona inteligente, fácil para el estudio de las matemáticas y las ciencias,  músico, atleta, alegre, chistoso, contador de cuentos inverosímiles, buen bate  y trabajador. Pasó mucho tiempo en Tierra Firme. En ese lapso de tiempo  se casó o rejuntó cuatro veces, nadie sabe. Cuando estaba con una mujer, el recuerdo de Concha se le presentaba. Pensaba: lo que te estas perdiendo mi Concha. Al otro día le ponía un telegrama. El enclavijador del Pueblo que era un familiar suyo le llevaba  la comunicación rápidamente   a Concha. Igual sucedía  cuando ella cumplía año: le ponía un telegrama con una semana con anticipación.   

 

Concha era  una persona muy inteligente, le gustaba mucho la poesía, los idiomas y sentía un gran amor y cariño por sus padres, tíos y hermanos.  Vivía con la esperanza del regreso de su amado. En su cuarto conservaba el ture cachapero  donde lo  veía siempre sentado. A veces ella se sentaba en el ture y se movía las cadera de una manera erótica  por un rato y pensaba: lo que te estas perdiendo Lalo José.

 

Llegó el día de volver. Lalo lo contrataron para estudiar los estados financieros de los Helados El Trompillo, y tuvo que ir a Porlamar. Caminando por la calle Guevara vio pasar a una  mujer con una fragancia divina que  despertó el amor latente de su juventud. Concha la habían contratado como maestra en la Escuela Napoleón Narváez, estaba en Porlamar y entraba en el estudio fotográfico de Savignac. El  la esperó. Ella salió, guardando en su carriel el comprante de la foto  y la alzar la vista lo vio. Había esperado siempre, pero aún faltaba un día. Ese día era el día. Se vieron, se abrazaron. Un abrazo tipo oso que duró horas.

 

 Se casaron y vivieron felices para siempre.