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"Los tiempos que corren son de
alboroto, de grandilocuencia... como si lo valioso, conveniente
y bueno tuviese que ser siempre espectacular"
En estos días de alharaca y estruendo, me
llega, silencioso, el tributo a un creador. Julián -un amigo- me
mandó Obras Selectas de José Joaquín Salazar Franco, un tomo
pequeño editado por iniciativa de su familia (en Tacarigua, Isla
de Margarita) para recordar a su papá, un ser sencillo y
trabajador que dedicó su vida a investigar,a construir, a
cimentar.
A la par de su faena como agricultor, sindicalista o empleado
público, Salazar Franco -Cheguaco, para sus amigos- destinó
tiempo y esfuerzo a estudiar y rescatar la historia y el acervo
cultural de la Isla de Margarita. Por libre, espontánea y férrea
voluntad (era autodidacta), y sin fanfarria, se empeñó en hurgar
en el pasado hasta dejar registros de mitos, creencias,
consejas, tradiciones, cantos, juegos y costumbres del
margariteño del siglo XX. Y dejó testimonio por puro gusto, por
pura satisfacción, por mera curiosidad intelectual. "Tal vez por
haber existido Cheguaco -dijeron de él- aún no han muerto la
Chinigua ni los duendes en Margarita". Y la Chinigua, por si
alguien aún no lo sabe, es "el espíritu condenado de una mujer
que, valida de su belleza, coqueteó en el mundo con los hombres
y a ninguno le entregó su corazón, pero cuando murió no fue
recibida en el cielo y fue devuelta a la tierra para que se
enamorara de verdad".
El papá de Julián fue un constructor sigiloso que, armado de
paciencia, determinación y amor propio, dejó un legado para
compartir.
Y a propósito de él -un héroe silencioso- me vienen a la mente
los cuentos que una vez escuché sobre otros dos personajes,
distintos en sus orígenes, pero parecidos en esencia: Teotiste
Fernández de Alarcón y Max Furrer.
Doña Teo era una figura menuda y adelantada que los últimos 60
años de su existencia -vivió 88- estuvo confinada a un cuarto.
Una enfermedad crónica la obligó a ver la vida desde una silla
de ruedas o desde la almohada de su cama. Sin embargo, el
padecimiento no fue estorbo para su sed de aprender y sus ganas
de hacer. Con la ayuda de una vela leía los ejemplares del
periódico Panorama que, con tres semanas de atraso, llegaban
hasta Mesa Bolívar, el pueblo merideño en donde vivió. Cuando
llegó la electricidad al pueblo, y con ella la radio, se
despertaba muy temprano para enterarse -primero que todos- de lo
que sucedía más allá de los límites de su comarca. Mientras los
huesos y la vista le respondieron, se esforzó en llevar un
diario donde daba cuenta de lo que se movía y lo que le
interesaba a su alrededor -agenda doméstica, discursos
políticos, crecimiento económico, movimiento cultural, carrera
al espacio. Y cuando el primero de sus hijos pudo caminar y
conquistar el mundo por ella, lo empujó y lo guió para que
fundara la medicatura y la primera casa de la cultura que
conoció su pueblo.
Max Furrer -por su lado- es un suizo amable que por más de
treinta años trabajó en la industria petrolera, cosechando
amigos y alumnos, y llegando a ser uno de los más respetados y
queridos micropaleontólogos de Venezuela. Cuentan que muchos de
los grandes descubrimientos de hidrocarburos que se dieron en
las últimas décadas, tuvieron que ver con el trabajo minucioso
del viejo Max. Su tarea era escrutar, tras un microscopio,
fósiles diminutos hasta lograr identificarlos y descifrar la
edad de la piedra en la que estaban depositados (dependiendo de
la antigüedad de la roca se puede intuir si hay o no yacimientos
de petróleo). A lo largo de toda su carrera, Max Furrer rechazó
las oportunidades que se le presentaron para asumir altas
posiciones administrativas. Nunca deseó ser importante sino ser
útil.
Cheguaco, Teo y Max, son tres espíritus que se dedicaron a hacer
bien las cosas, y a hacerlas en silencio. Tres ejemplares de una
época que parece ida. Porque los tiempos que corren son de
alboroto. De grandilocuencia. De gestos y actuaciones pomposas.
Como si lo valioso, conveniente y bueno tuviese que ser
-siempre- espectacular. Parece que no basta -o tal vez no
interesa- que las cosas estén bien hechas. Tampoco el empeño
tesonero o el bajo perfil. Se reconoce el estrépito, la bulla,
la polvareda que se levanta en el camino. Cautivan las obras
llamativas y los autores épicos. Lo demás -el creador sencillo y
circunspecto, el trabajo minucioso y de hormiguita- es
accesorio. Como si la vida fuera todo espectáculo. Como si el
día a día se llenara de actos épicos. Como si no existieran las
abejas obreras, las gallinas picatierra, los héroes silenciosos.
El Universal, Caracas
21 de Octubre de 2007 |