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Peruchito, el resentido. 

“-Tu también tiene tu historia triste de amor,  primo hermano. Es tiempo de que dejes tranquila a Carolina, que no le reproches más el desaire que según tu, te hizo por no querer bailar contigo. Ella tenía sus razones. Ahora que estas en el ocaso de tu vida, más maduro, más generoso, es el momento de  recordar y olvidar. ¿Qué muchacha baila con un tipo con alpargatas? Te acuerdas Peruchito de tus alpargatas jabadas que te hizo Cocho, de pabilos blanco y negro,  que te costaron carísimas, con las que ibas a todos los lados. Esas que en una suela tenía escrito en relieve GOOD y en la otra YEAR, con alita y todo, y que dejaban huellas. Por ellas te acusaron de robarte unas patillas en el conuco de las Ánimas por donde tu de muchacho ibas a buscar leña, Te acuerdas Peruchito, el dueño del conuco que era muy feo, buscó a su sobrino que era igualito a él, un matemático que sabía inglés y le dijo: -que dice esas letras- y sobrino le contestó: -buenos años-,  Buenas horas estará disfrutando Peruchito comiéndose mis patillas, dijo el  Viejo.  Pero tú no las robaste, tú siempre has sido honrado, sólo buscabas leña, primo hermano.

 

Recuerda Peruchito, que ese día pasaste por la  casa de Mencho y le diste unas lecciones de matemática a su hijo, aquel cabezota dura que era duro en entender,   que llovió, la vereda de Chon era un lodazar, y tú no te diste cuenta, porque todo tu pensamiento estaba en Carolina,  llegar rápido al sitio de la fiesta, para bailar con ella. La vistes, estaba muy linda, su pelo recogido en dos coquetos moños, con un vestido rosado, de falda plisada, de cinta  en la cintura que terminaba haciéndose un lazo  atrás en su cadera,  sus zapatos  blancos y sus medias colora con unos faralaítos,  que su mamá le compró..

 

Recuerdas Peruchito, que tocaron tu pieza  -cabeza de hacha-, y tu saltaste hacia  Carolina y ella no quiso bailar contigo,  sólo porque tú tenías  una penca de barro en cada suela de tus alpargatas jabadas y le podía ensuciar sus zapatos, como ya hacía ensuciado toda la sala de la casa, pero tú no te dabas cuentas de eso.  Agarraste una tibiera y saliste diciendo: -el que se va de esta tierra  y adiós soy yo -. Te fuiste para Juangriego, y tomaste un barco que estaba en la bahía.  Le cogiste tanta rabia a Carolina, le dijiste a todo el mundo, que ella no  bailó contigo porque tú eras pobre y ella  rica, hija de un petrolero y además perijimenista.  Nunca más hablaste bien de ella. Mientras  que de las otras novias  no hablas mal y eso que dejaron plantado bien feo. Ella te quiso, lo que no hizo fue bailar contigo,  tú eras un baila valse, -quien bailaba bien era Francisco de la Concepción-, lo que estabas haciendo era el ridículo con alpargatas, barro y todo, primo hermano, te dijo yo que te aprecio mucho.

 

Te radicaste en  El Tigre, y lo que son las cosas primo hermano, Carolina no acabó con la vida tuya, con tu cantabas,  te hiciste petrolero, apoyaste la dictadura, te conseguiste un regalo de mujer, tienes  buenos hijos, nietos, te jubilaste, y hoy lleno de vida, cada día te preparas tu alma para un día tranquilo, para hacer rifas para obtener beneficios sociales para el Pueblo, -por  cierto te estás ganando a MIngo-, y darle su  disfrute a muchas gente. Pero Peruchito sigues con el mismo rencor hacia Carolina. Ella también está jubilada, no se casó, sólo tiene sobrinos, a lo mejor primo la empavaste, de tanto odio. Sería  ideal preparar el alma para disfrutar a plenitud un día lleno de emotividad y alegría sin odio ni resentimientos.”

 

Peruchito escuchó en silencio  a su primo hermano, el maestro, sólo derramó dos lágrimas ácidas que le quemaron las mejillas.

 

Confiesa Peruchito: Yo la perdoné, en la pasada fiesta del Santo, nos conseguimos en la procesión, hablamos muchos de tantas cosas, inclusive de tiempos cuando éramos muchachos. En un momento quedamos solos y ella me preguntó:

 

-¿Me has echado de menos?

 

-Toda la vida, cariño.- Respondí

 

Empezó a funcionar el cordón del amor,  nuestros corazones halaron, se fueron acercando lentamente. Sentí en ese momento unos pequeños golpes en la espalda. ¡Válgame el diablo! Como siempre era Robertico pidiéndome su disfrute. El Gobernador, me  echo a perder la noche del perdón.